miércoles, 13 de enero de 2010

Para salvar a un gran amor

Cuentan que érase una vez, hace mucho tiempo, que existió una isla donde habitaban todos los sentimientos.
Un día, la sabiduría les aviso a todos los habitantes de la isla que la misma se iba a inundar en poco tiempo y que buscaran los recursos y la manera de salir de allí.
La intuición le dio la razón, pues en ella había mucha seguridad de que las palabras de la sabiduría eran ciertas. La inteligencia fue la más rápida en buscar una solución y se marcho casi sin mirar atrás. La perfección busco las mejores cañas y las ligas más fuertes para crear una balsa más que resistente. La ansiedad se puso a gritar y a correr en círculos sin hacer algo demasiado productivo.
Todos los sentimientos se apresuraron a salir de la isla en sus barcos y se prepararon para partir.

Pero el Amor no. El quería quedarse. Se negaba a abandonar a la isla en la que había crecido, en la que había vivido tanto y que tanto amaba.
El agua comenzó a ascender, poco a poco, y el amor comenzaba a ahogarse, mientras todos los sentimientos, de una u otra manera, se preparaban para salir de la isla.
Cuando por fin el agua estaba apunto de tapar del todo al Amor, este comenzó a pedir ayuda.
Pasó la Codicia quien al pedido del amor contestó:
- No puedo, hay mucho oro y plata en mi nave, no hay espacio para ti.
El amor vio también al Egoísmo, quien al pedido del amor refutó:
- La verdad es que mi balsa esta diseñada para uno solo. Si vos te subes existe una posibilidad de que alguno de los dos se caiga o se hunda y como puedo ser yo, prefiero no arriesgarme.
Justo pasó también la Vergüenza entonces el amor le pidió ayudo, pero ella contestó:
- No la verdad es que no lo había pensado y yo tengo que prepararme para estar cosas. Es un viaje muy largo y no voy a saber de que hablar. Además me vas a ver desde muy cerca, todos mis defectos y hasta el más mínimo detalle. No se si pueda soportarlo.
Entonces, el Amor le pidió ayuda a la Vanidad:
- No te puedo ayudar, estás mojado y vas a arruinar mi perfecto bote.
Le pidió ayuda a la Tristeza que también venía pasado:
- Perdóname amor, estoy tan triste por separarme de mi isla que prefiero ir sola. - Respondió la Tristeza.
También pasó la Alegría, pero estaba tan contenta y risueña que ni tan siquiera oyó al Amor gritar en su ayuda.
Justo el Amor vio pasar a la Indecisión quien dudo:
- Ay, no sé, amor! Puede que a alguno de los dos les pase algo. ¿No existe otra manera de que te salves?
- En este momento, lo dudo mucho.
La indecisión pensó por un largo rato, pero para cuando se decidió el agua la había arrastrado muy lejos y ya era tarde para que el amor se suba con ella.
Desesperado, el Amor comenzó a perder las esperanzas, miro por última vez su isla y se rindió mientras poco a poco comenzaba a morir. Entonces paso un señor muy viejo, canoso, de barba abultada y bastón. Parecía un poco débil pero con firmeza le dijo:
- Ven conmigo Amor, yo te puedo llevar.
El Amor estaba tan feliz que se le olvidó preguntar su nombre y al llegar a tierra firme, se encontró ésta con la Sabiduría y le preguntó por el nombre de ese viejecito.
La Sabiduría respondió de manera tranquila:
- Es el Tiempo.
- ¿El Tiempo?, ¿Y Por qué solo el Tiempo me ha querido ayudar? - Preguntó el Amor.
- Porque solo el Tiempo es capaz de salvar a un gran Amor.

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